En México estamos corriendo el riesgo de convertir las ceremonias con la Madre Ayahuasca en “una borrachera de colores para hablar del amor, pero sin curarse”.

Es doloroso decirlo, pero creemos que es verdad. Muchas personas toman la ayahuasca pero no han logrado recuperar su salud. Toman ayahuasca pero no tienen relaciones armoniosas. Toman ayahuasca pero no trabajan en lo que aman. Toman ayahuasca pero su mente no está en paz. Toman ayahuasca y tienen experiencias maravillosas, pero siguen viviendo como antes de haberla tomado. Toman ayahuasca pero su corazón no está lleno de amor y de medicina. Hay numerosas y honrosas excepciones, claro. Pero es una triste descripción que puede aplicarse a principiantes y veteranos.


Comentamos en la plática previa a la ceremonia que el mundo tiene una parte visible y una parte invisible. Una realidad ordinaria y una realidad extraordinaria. Nuestro mundo externo y el mundo interno. El mundo natural y el mundo mágico. La vida cotidiana, consensuada, y ésa otra vida que nos acompaña y de la que a veces somos conscientes a través de los sueños, de intuiciones, de encuentros fortuitos, etc.

Algunos podrían decir que se trata de la misma realidad. Que en su primer aspecto es lo que hemos acordado enfocar o conocer de una situación y en el segundo aspecto son las partes desconocidas, ignoradas, o la manifestación “potencial” de la existencia.

Algunas de las personas que asisten a ceremonias con ayahuasca buscan una forma de curación. Curación de su estado físico, de sus emociones o de sus relaciones. Algunos acuden con otro objetivo y al finalizar la ceremonia también hablan de que la ayahuasca los ayudó en algunos aspectos de curación física o interna. ¿De qué hablan las personas que desean la curación y a qué se refieren quienes afirman haberla encontrado?

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